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enópata 31-12-2008
LA SERENA BELLEZA
CRÓNICA DE CATA
INTRODUCCIÓN
Después
de muchos años imaginando realizar una gran cata de vinos elaborados con Pinot
Noir, ¡por fin! consideré que estaba preparado para poder entenderlos,
sentirlos, y por tanto “contárselos” a quien estuviera dispuesto a “oír”.
(Kybalion)
No
fue fácil. Escoger los mejores vinos de entre una enorme maraña de denominaciones, de
mitos y de grandes viticultores, fue realmente complejo.
Había centenares de opciones, algunas imposibles, otras eliminadas por motivos
presupuestarios, muchas de ellas válidas, pero pocas ideales, y lo que yo
quería para esta cata era nada menos que la perfección.
En
un primer momento quería comparar vinos elaborados con Pinot Noir de todo el
mundo. Luego pensé que era una estupidez, puesto que a mi entender los mejores
se elaboraban en Borgoña, por tanto me centraría en ellos y obviaría a los
demás. Más tarde afiné un poco más la puntería y decidí que mi selección de
vinos solo estaría circunscrita a los elaborados en la Côte de Nuits, puesto
que ése es su reino, su feudo, ya que en la Côte de Beaune (algo más al sur)
apenas hay cepas de Pinot Noir que den vinos apreciables, y se podría decir,
sin temor a errar, que en esa zona no se elabora ni uno solo de los grandes
vinos tintos borgoñones.
Partiendo
de esta premisa, comencé a huronear entre los cientos de miles de vinos que
tengo en listados que me envían pirados enópatas desde todo el mundo. Primero
seleccioné a los mejores coleccionistas de vinos, los que más confianza me
ofrecen, y los que sé fehacientemente que conservan bien sus botellas. Más
tarde les pedí que me actualizasen sus listados de borgoñas tintos, y que
omitieran los vinos con más de treinta años. Pues considero que comprar
borgoñas con más de esa provecta edad, es demasiado arriesgado, y a uno tiene
que gustarle mucho el riesgo y el olor de la paja seca.
Tras
muchísimas deliberaciones conmigo mismo, me quedé con una primera selección de
trece vinos. Si, si, ya se, eran demasiados para una cata, pero no sabía cuáles
quitar.
Varios
días más me costó encontrar el titulo de la cata. Tras descartar “Estación Términi” (pues es en la Pinot
Noir borgoñona donde acaban su tenaz
búsqueda casi todos los catadores avezados del mundo y Stazione Termini ,
quería ser un sentido homenaje a la espléndida película de Vittorio De Sica, y
a la siempre magnifica actriz Jennifer Jones), también estuve considerando el
titulo de la “La Gran Dama Negra”,
pero me recordaba a una araña, a un naipe o a la pieza de ajedrez, y lo
descalifiqué, y todavía pensé en algunos
otros títulos aun menos afortunados, hasta que me quedé con el definitivo: “LA SERENA BELLEZA”, porque la Pinot
Noir es así, es bella y serena.
El
siguiente paso era redactar una
convocatoria atractiva y apasionada, con la que soñé y me emocioné durante
varios días. Una vez terminada y lanzada al ciberespacio, comencé a morderme
las uñas, esperando que doce catadores sensibles a esa serena belleza
respondieran a mi llamada apasionada y así poder realizar mi anhelado sueño.
Tras
unos días, y muchos ruegos por parte de amigos que no podían venir en la fecha
escogida inicialmente, decidí cambiarla al sábado 29 de noviembre. Con ese
nuevo día, ¡La respuesta fue inmediata! : En apenas 48 horas, el aforo estaba
cubierto. Ya tenía a mis doce cómplices y clausuré la aceptación de nuevos
afortunados.
Ahora
es cuando la cata es real, cuando es obligatorio hacerla. Ya no hay vuelta
atrás.
Alea
jacta est, me decía mi conciencia, y me acordaba del
mensaje pseudo filosófico en el que se basa la película “La mujer de rojo” (también
me acordaba, evidentemente de la guapísima Kelly LeBrock) y su consejo de temer
a lo que uno desea, puesto que ¡puedes conseguirlo!.
Faltaban
todavía tres semanas para el día señalado, y ya podía sentir las típicas
“mariposas en el estómago”, esa ansiedad ilusionada que precede a toda gran
cata. Algo así como el “pellizco” andaluz, pero anticipado.
Pasaba
el tiempo con cierta dulzura, casi “saudade”, y no tenía ni idea de cómo
empezar a escribir el programa, pero mi conciencia -siempre ufana- me
tranquilizaba, haciéndome ver que todavía quedaban muchos días para la gran
cita.
La
voz de alarma retumbó en mi mente cuando de repente, vi que estábamos a lunes
24, y me acababan de llamar de la imprenta advirtiendo que si no llevaba el
programa antes de ese miércoles, no tendrían tiempo suficiente para
encuadernarlo.
¡Solo
tenía 48 horas y quería escribir más de 200 páginas sobre la Pinot Noir!, y el
temido folio en blanco todavía restallaba en mi ordenador.
Pasé
en pocos segundos de la más absoluta complacencia al más desaforado estrés.
Me
recluí en casa, con varios atriles, un millón de libros (que nunca
consulté) y todos los nervios del mundo.
Aunque esta vez salve mis uñas, ¡no tenía tiempo ni para comérmelas!
Mi
documento de Word estaba radiante, limpio, no tenía ni siquiera el índice, las
horas pasaban y mi ansiedad crecía, solo me concentraba por la noche, y cuando
estaba muy agotado, de repente, esa temida página en blanco se rompió. Y todo
surgió como lava de un volcán, las palabras brotaban nerviosas y atropelladas,
como un torrente de montaña. Apenas tenía tiempo de plasmarlas mientras me
venían más y más a la cabeza. Todo era fácil, casi simple.
Me
había ocurrido otras veces esta extraña experiencia “literaria”, pero nunca con
tanta intensidad como esta.
Como
de costumbre, pasaron las 48 horas, y yo no había terminado, pero tenía el
patrón, la estructura, la filosofía, lo tenía casi todo hilvanado. Me faltaba
muy poco, pero todo estaba todavía sin rematar. Supliqué al tipo de la imprenta
una prórroga, y graciosamente me concedió seis horas más, que fueron casi
milagrosas.
Convencí
a mi querida Lorena, -una persona fantástica a la que considero como mi
hermana-, de que hiciese unas cuantas horas extras para maquetar los textos que
le iba mandando, tenía hasta las 20
horas del jueves, ni un momento más, y terminé unos diez minutos antes de la
hora prefijada. Lorena acabó a las ocho en punto de la tarde, justo sobre la
campana.
Lo
mandamos a la imprenta y nunca más volví a revisar ese programa. Ni siquiera le
eché un vistazo para preparar la cata del sábado siguiente. Ni tampoco ahora,
cuando estoy escribiendo esta crónica utilizando solamente mi maltrecha
memoria.
Necesitaba
desesperadamente esas casi 40 horas que faltaban para celebrar la cata para
reflexionar, poner la mente en blanco, y dejarme penetrar por los más
recónditos arcanos que posee la Pinot Noir.
Transcurridos
exactamente 41 minutos desde la campanada final, envíe la siguiente carta a los
afortunados asistentes:
Queridos amigos enópatas:
Todo dispuesto para nuestra magnifica
cata del sábado.
El último vino que venía de camino ha
llegado esta tarde,
Y desde hace unos minutos he terminado
el programa de la cata,
Y lo he mandado a la imprenta para que
lo maqueten, impriman y encuadernen.
Me ha llevado casi un mes de trabajo
confeccionarlo, y solo 48 horas plasmarlo en papel, pero estoy más que
contento.
Si hubiera tenido otro mes sería todavía
mejor, pero bueno, ya veréis como es un buen trabajo.
He hecho algún cambio en la alineación
de vinos inicial, con la única finalidad de mejorar la calidad de los vinos,
Y hacer más compacta la cata, de mayor
calidad y emoción.
La alineación definitiva queda como
sigue: (el orden de cata es diferente a este y todavía no lo tengo decidido)
1- Denis Mortet Fixin 2005
2- Meo-Camuzet Chambolle-Musigny
Premier Cru Les Feusselottes 2005
3- Perrot-Minot Nuits Saint Georges
La Richemone Vieilles Vignes 2005 «
Ultra »
4-
Domaine Jean-Yves Bizot
Echezeaux Grand Cru 2005
5-
Domaine Francois Lamarche
La Grande Rue Grand Cru 2001
6-
Domaine Joseph Drouhin
Morey-St-Denis
Clos de la Roche Grand Cru 2000
7-
Domaine Frank Follin-Arbelet
Romanée Saint Vivant Grand Cru 1999
8-
Domaine Louis Latour Chambertin Grand Cru Cuvée
Héritiers Latour 1998
9-
Domaine la Romanée Conti Grand Cru
"La Tache" 1997
10-
Domaine Louis Jadot Clos
Vougeot Grand Cru 1990
11-
Domaine Comte Georges de Vogüé
Musigny Vieilles Vignes Grand Cru 1989
12-
Henri Jayer Vosne Romanée Grand Cru
Les Beaumonts 1982
13-
Faiveley Clos de la Maréchale
Nuits-Saint-Georges 1976
A pesar de tener la tentación de ganar
algún dinerillo, no he aceptado más asistentes de los que somos, una docena de
catadores es un número suficiente y
adecuado para dar cuenta de los 13 vinos memorables que nos vamos a fundir.
Asimismo nos llegarán quesos artesanos
desde Toulouse, de nuestro affineur favorito Xavier,
Prepararemos un estofado de buey a la
bourguignon para acompañar los “culillos” que nos queden de la cata,
Y en definitiva, espero que sea un día
memorable para todos nosotros.
A partir de ahora, convoco vuestros
rezos y toda la suerte que seáis capaces de reunir, con la finalidad de que el
Dios del Corcho
Nos respete y no condene ninguna de las
botellas que vamos a disfrutar a sus olores pútridos.
Os espero a todos, el próximo sábado a
las 11,30, se ruega puntualidad, es decir no es conveniente venir antes de esa
hora,
Pues estaremos preparando la sala de
catas, ni después, por si os perdéis las presentaciones.
Debido a la importancia de esta cata y
de sus vinos, no se servirá champagne de bienvenida,
Aunque no lo perdonamos, lo dejaremos
para el final de la comida posterior a la cata.
Y también será uno de los vinos
magníficos del día.
Hasta el sábado y sobre todo, felices
vinos
Juan
Llegó
el ansiado sábado a las 11,30 de la mañana. Había cenado poco la noche
anterior. Me levanté un par de horas antes, con la sana intención de hacer
trampa, e irme a desayunar -en contra de lo que aconsejé a todos los catadores-
a Lambert, el mil hojas acostumbrado y un café con leche. Afortunadamente no
tuve tiempo (nunca lo tengo antes de una cata).
Cometí el error de sentarme ante el ordenador, con la finalidad de dar
un repaso a los vinos que íbamos a catar y presentarme en la cata algo más tranquilo,
pero, para “inspirarme” (suelo emplear este truco), comencé a ver las miles
fotografías que tengo guardadas de Borgoña, ¡siempre bellísimas y relajantes!.
Cuando me di cuenta, había consumido casi las dos horas de que disponía para
“estudiar”, me levanté de un salto, y me tuve que duchar en un par de minutos,
afeitar en treinta segundos, vestirme en quince, y salir rápidamente hacia el
Wine-Restaurant Enópata, junto con Rebeca, que, imaginando lo que me pasaría,
había venido a buscarme en la moto y así ganar unos minutos.
Llegué
unos segundos antes. Justo a tiempo para escoger mi sitio en la mesa (pegadito
a la pared norte), disponer el imprescindible atril, esparcir algunos apuntes
manuscritos que había hecho unos días antes, y serenarme un poco.
Como
siempre, tuve que beber mucha agua, (hizo eco al caer en mi vacío estómago) ir
al baño y respirar hondo antes de salir a recibir a los afortunados catadores.
Justo
en ese momento, (me pasa muchas veces), al saludar al primer asistente, sentí
que mi trabajo había terminado. Y dejé toda la responsabilidad a los vinos, que
era lo que más intranquilo me tenía.
Saludé
a todos, e inmediatamente sentí que todo iba a ir bien. El grupo humano allí
reunido era fantástico. Los había tenido a casi todos en otras catas en el
pasado, muchos de ellos son enópatas acérrimos, perseguidores natos del placer
que los vinos nos pueden ofrecer, esta circunstancia me hacía sentir muy
cómodo. Tenía muy buenas vibraciones, todos venían relajados, expectantes,
limpitos, en ayunas y con ganas de disfrutar del inmenso placer que es capaz de
darnos el vino. Y eso, queridos amigos, por obvio y esperable que parezca, es
la primera vez que me ocurre, tras casi 1.000 catas dirigidas.
PRIMERA PARTE
JASP – INSOLENTES EN EL PARAÍSO
Justo
unas horas antes de la cata, y después de darle muchas vueltas, decidí
dividirla en tres grupos completamente diferentes entre sí.
El
primero, formado por cuatro vinos, estaba definido por tres características principales, (además de
las comunes a todos de ser vinos elaborados con Pinot Noir en la Côte de
Nuits): todos ellos estaban elaborados por viticultores biodinámicos, además
pertenecían a la mítica añada de 2005 y los cuatro enólogos habían sido
destacados alumnos del genial Henri Jayer, el gran gurú y patriarca borgoñón.
Abrí
las cuatro primeras botellas con el corazón en un puño (nunca se sabe las
sorpresas que el dios del corcho nos puede deparar). Las caté y me quedé
tranquilo, todos los vinos eran correctos. Bueno, más que correctos, eran vinos
magníficos, pero lo que yo iba buscando en ese primer examen (como si fuera un
enólogo mediocre) eran posibles defectos, y no las virtudes que indudablemente
tenían y que en un primer momento no identifiqué.
El
primer vino fue una especie de rendido y triste homenaje a Denis Mortet, aquél
viticultor que se consideraba a sí mismo un artista, un tipo obsesivo,
concienzudo y evidentemente equivocado, que se descerrajó un tiro en la cabeza
en medio de su viñedo, debido a una profunda depresión, que él achacaba
insistentemente a no haber entendido bien la magnífica añada de 1999.
Hasta
aquel año, Denis se quejaba de no haber tenido la suerte necesaria, la
requerida “bendición del cielo” que le permitiera elaborar su “gran vino”. ¡Por
fin!, la cosecha esperada llegó, fue la de 1999, una de esas añadas mimadas por
la naturaleza, una cosecha para puristas, repleta de tipicidad y raza, una
añada de las que aparecen una o dos veces en la vida como máximo.
Mortet,
desde el primer momento, sabía perfectamente la trascendencia de aquel
año, y puso todo su empeño en
interpretarlo a la perfección, se dedicó a “escuchar a la naturaleza”, a mimar
cada grano de uva como si fuera el último. Al final, y solo según él, no supo
entenderla. Aseguraba que había vendimiado demasiado tarde, y que a sus vinos
les sobraba madera y por tanto estaban desprovistos de la elegancia requerida.
La
del 2005, fue la última añada que vinificó Mortet (sin percibir toda su enorme
grandeza) antes de suicidarse, un día antipático, frío, gris y lluvioso, un
maldito 30 de enero de 2006, en medio de su viñedo, (donde pasaba gran parte de
su vida), solo, ajeno al mundo, con apenas 49 años, y con toda la existencia
por vivir.
Once
meses después, el Gran Jurado Europeo (que siempre cata a ciegas) le concedió a
su Clos Vougeot el Gran Premio del jurado al mejor vino de la añada 1.999. Sí,
sí, justo aquella añada y aquel viñedo maldito que Denis “no supo entender”.
Caprichos de un destino que siempre es cruel con los honestos.
El
Fixin de Mortet que catamos era de una pureza fuera de lo común, a pesar de ser
un vino menor, su concepción, su tipicidad, sus nítidos aromas, y su
refrescante acidez e impecable mineralidad eran sencillamente magníficos. Algo así como una nínfula de piel clara,
labios gruesos y mirada cándida. La bella berlinesa Nastassja Kinski (en Falso
Movimiento de Wenders) sería la candidata ideal para compartir este vino.
Mi
puntuación, sobre 100, para el vino fue de 94 puntos. Para Nastassja, siempre
un 100.
El
segundo vino que disfrutamos fue un sencillo Chambolle-Musigny elaborado por la
familia Meo-Camuzet, un Domaine creado por Etienne Camuzet, alcalde de Vosne hasta su muerte, quien tuvo
el arrojo de comprar el castillo de Clos Vougeot en 1920 y cederlo
gratuitamente a la Cofradía des Chevaliers du Tastevin en 1945.
Este
Chambolle-Musigny es un vino sin grandes pretensiones –como indica su precio- y
muy buena calidad, procedente de su
viñedo “Les Feusselottes”, de 4,8958 hectáreas de extensión. Su peculiar nombre
significa literalmente “los hoyuelos”, y alude a los que hay diseminados
indiscriminadamente por todo el viñedo.
Es
un Domaine histórico, que se cita por primera vez en el año 1331, cuando
Guillaume de Chambolle, dona a la abadía de Citeaux (entonces recién
construida) “tres ouvres en la Fécelotte”.
Los
vinos que elabora Meo-Camuzet en este antiguo viñedo, son humildes y limpios,
(como los buenos monarcas) aunque no simples, procedentes de viñas jóvenes,
pero con una limitadísima producción. Se crían en barricas de roble totalmente
nuevo, durante un máximo de 17 meses.
En
mis notas de cata, le adjudiqué un 93, honrando así su pureza aromática y la
notable sutilidad que presentaba. Vino adecuado para disfrutar junto a la bella
californiana Ashley Judd (en Normal Life), que también goza de unos graciosos
“hoyuelos” junto a las comisuras de sus carnosos labios.
El
tercer vino, y mi primera conmoción de la cata, fue La Richemone “Ultra”, un
viejas viñas elaborado por Perrot Minot en Nuits Saint Georges, una pequeña y
preciosa población de la Côte de Nuits, rodeada de viñedos por todas partes,
que da nombre a su cantón homónimo.
“La
Richemone” es un vino escasísimo, cotizado y muy buscado por los
coleccionistas, del que se producen algo menos de 600 botellas para todo el mundo. Se elabora con la escasa fruta que procede de
un viejo viñedo de menos de dos hectáreas, plantado en 1902. Está orientado al
este y los suelos son de tierra fina, repleta de esquistos pizarrosos muy
degradados. Su inclinación en algunos tramos alcanza el 12 %, y el nombre “La
Richemone”, ya figuraba en los antiguos catastros de Napoleón, aunque se
desconoce su origen y etimología.
Tras
desplegar un bellísimo color rojo rubí, brillante y muy limpio (para ser un
vino sin filtrar ni clarificar), nos encontramos con una nariz intensa y
compleja, exuberante, casi explosiva, extraña y atípica en un borgoña, trufada
de nítidos aromas rojos que me recuerdan a las grosellas, a las cerezas, a los
pétalos de rosas, acerolas, frambuesas, granadas y fresas silvestres.
Su
longevidad en la boca es legendaria, es un vino intenso, frutal, desaforado,
voluptuoso y soberbio, hace honor al apodo que Perrot-Minot le ha puesto
“Ultra”. Me recuerda en todos sus aspectos sensoriales (y en su exagerado
sobrenombre) a Vida Guerra, esa cubana salvaje, excesiva y sensual con la que
me gustaría compartir este vino.
Mi
puntuación para ambos 99 sobre 100.
El
cuarto vino de esta primera tanda, fue uno de los más originales del día, nada
menos que un Echezeaux Grand Cru, y de la mítica añada 2005, elaborado por el
místico geólogo biodinámico Jean-Yves Bizot, uno de los viticultores más
geniales y atípicos de toda la Borgoña,
algo que en esta peculiar zona del mundo, es mucho decir.
Asegura,
con una total seriedad y sin pestañear, que el secreto para elaborar sus vinos
es “dar tiempo al tiempo”, algo que según él, le costó más de una década de
entender. ¿?
Hereda
el Domaine –de apenas 2,5 hectáreas- de su padre en 1993, y asegura que su
principal esfuerzo, después de estudiar enología en Dijon y ser un destacado
geólogo, es “desaprender lo aprendido”.
El
tipo es un compendio completo de manías higiénicas. Alguien que volvería locos
a los CSIs de medio mundo, por su pulcritud y extremada limpieza a la hora de
elaborar sus vinos. “Ni una huella por ninguna parte”
No
despalilla los racimos, puesto que lo considera sucio, eso de toquetear la uva
no le va, no utiliza dióxido de azufre, puesto que sus uvas están inmaculadas,
sin infección alguna, no utiliza levaduras de laboratorio, puesto que desconoce
su origen y las consecuencias que pueden tener sobre su mimado vino. Considera
que el bazuqueo con palas o remos es antihigiénico, y lo hace con sus propios
pies, tras un severo y meticuloso lavado con jabón, por supuesto.
No
utiliza bombas para trasladar el vino de un depósito a otro, puesto que piensa
que endurecen los taninos y aportan suciedad y también bacterias acéticas. Los
remontados se hacen de forma manual y con extrema lentitud.
No
tienen aire acondicionado en la bodega, pues asegura que los conductos se
contaminan y ensuciarían la atmósfera, plagándola de bacterias y ácaros y
afectando a sus vinos.
Cada
noche abre las puertas de su bodega para enfriar el ambiente.
Sus
vinos tienen una crianza que dura entre 15 y 20 meses, realizada en grandes
fudres de roble procedente de Tronçais (Auvernia), siempre nuevos, pues
considera que el roble usado hay que limpiarlo exhaustivamente con sulfatos, y
estos pasan al vino, contaminándolo.
Los
vinos los embotella Jean Yves personalmente, llena las botellas amorosamente,
una a una, directamente de cada fudre, sin clarificar ni filtrar, sin hacer
coupage alguno. Cuando el vino entra en la botella, es la primera vez que se ha
movido desde que comenzó la crianza en madera.
Su
mágico Echezeaux, procede de una pequeña parcela de 0,56 hectáreas, del que
apenas elabora 2.000 botellas cada año, el vino es un prodigio de sutilidad y
elegancia, pero al mismo tiempo muestra rasgos voluptuosos y sensuales, su
fruta nos estalla literalmente en la boca. La madera todavía está algo presente
(recordemos que nos estamos anticipando varios años a su fecha ideal de
consumo), pero no es molesta ni astringente, debido a su soberbia calidad y a
la medida ecuación madera-secado-vino.
Mientras
disfrutaba de este vino, no podía quitarme de la cabeza a la turbadora
presencia de la romana Anna Galiena en “El marido de la peluquera”, prodigio de
“exuberancia higiénica”, y belleza desbordada.
Los
dos son casi perfectos, por tanto, merecen 99 puntos.
Transcurrió
la primera hora de cata, como un suspiro, de forma lánguida y tranquila,
aderezada con los primeros comentarios incrédulos, algunos ojos como platos,
vellos erizados por doquier, y todos, absolutamente todos los catadores con la
emoción a flor de piel.
Solo
la expectación de lo que quedaba por catar, superaba la turbación que sentíamos
en aquel momento.
Eran
las 12,45 y teníamos todo un mundo por delante.
SEGUNDA PARTE
NECOCIANTS ARREPENTIDOS
Comenzábamos
la segunda parte de la cata, realmente emocionados y expectantes, a pesar de
que en mi interior no esperaba demasiado
de estos “arrepentidos” que, aún
teniendo lustrosos nombres y una reputación impecable, nunca habían sido santo
de mi devoción.
Aunque
reflexionando un poco, nadie es más meticuloso que un arrepentido, que alguien
que sirvió y luego es el “señor”.
Algo
de esto les sucede a los negociants (básicamente bodegas sin viñedo, dedicadas
a comercializar lo que han parido otros) que ahora son propietarios de viñedos.
Algunos de estos negociants, se han vuelto pulcros, minuciosos, detallistas,
casi fanáticos del detalle.
Comenzamos
con “el emperador”, Joseph Drouhin, una bodega que acaba de cumplir los 125
años de existencia, y elabora casi un centenar de vinos. Gozan de todo el
prestigio posible, incluso pertenecen al exclusivo club Primum Familiae Vini, y
son orgullosos propietarios de prácticamente todo el subsuelo de Beaune, la
capital vinícola de la Borgoña.
Su
Clos de la Roche 2000 hizo las delicias del respetable. El viñedo –una de las
joyas de la corona Drouhin- se llama así debido a una gran roca blanca de
composición caliza existente casi en el centro geométrico del mismo, que desde
su ángulo norte, y cuando en ella incide la luz adecuada, da la impresión de
ser de plata bruñida.
Cuenta
con una extensión de 16,90 hectáreas y está situado al norte de Morey Saint
Denis, lindando con la prestigiosa Apelation Gevrey Chambertin.
El
vino, a mi entender se presentaba algo más otoñal de lo deseado, con aromas de
musgo, humus, hojarasca, trufa negra, moho, cerezas en licor y un leve recuerdo
de cuero limpio y leche ligeramente agria.
Nada
menos esperable que esta paleta aromática, sobre todo porque el vino procedía
de una añada opulenta como la del 2000. Es decir, el vino ha evolucionado más
rápidamente de lo esperado, y por tanto el futuro (breve) le augura aromas
animales por doquier y una muerte temprana.
A
pesar de ello, conservaba una pertinaz y regia elegancia que lo hacía apreciable.
El
mejor acompañamiento de este vino, sería sin duda alguna la actriz británica
Jacqueline Bisset, paradigma de la elegancia y belleza otoñales.
El
siguiente vino, elaborado por Louis Latour, una de las más nobles casas de
Borgoña, no decepcionó a nadie, estábamos ante su Cuvée de lujo, llamada
Héritiers de Latour, en un año nada desdeñable como el 98, y nada menos que con
un Chambertin en nuestras copas.
El
vino favorito de Napoleón, un Grand Cru de ensueño, ansiado y perseguido por
todos los aficionados del mundo.
Según
cuenta el Mariscal Louis Marchand (secretario personal del general) en sus
memorias: “lo único frío que había en la campaña de Egipto era el Chambertin de
Napoleón, y lo único cálido que existía bajo el gélido cielo de Rusia, era el
Chambertin de Napoleón”.
Esto
da una idea de los cuidados extremos que dedicaba el emperador a su vino
preferido. Mucho más que a sus soldados o a él mismo.
Las
Cases, otro biógrafo imperial, en su memorial de Sante Héléne dice:
“Durante
sus últimos quince días, Napoleón bebió constantemente el mismo vino, por
supuesto su querido Chambertin. Le
gustaba tanto, que pensaba que era bueno para su salud”
El
peculiar nombre de Chambertin, tiene una compleja etimología, que en un
principio alude a una contracción de “champ du sieur Berthin”, o campo del
señor Berthin, pero, además “Berth” es uno de los nombres originarios de la
Borgoña, que significa literalmente “célebre”, la terminación “in”, sería
equivalente al “ez” español, es decir “hijo de”, por tanto una traducción libre
del nombre, nos llevaría a algo así como:
El
campo de los célebres hijos de la Borgoña
Chambertin
se delimitó por primera vez en el año
1566. Entonces se le atribuían 8,5 hectáreas, y fue la propiedad que más se
revalorizo en los dos siglos y medio siguientes, pues en 1791 se vendió como
bien nacional y valía casi el doble que los viñedos colindantes.
Fue
el vino favorito del presidente estadounidense Thomas Jefferson, quien lo llevó
como oro en paño a la Casa Blanca en 1803. Asimismo cautivó al novelista y
dramaturgo francés Alejandro Dumas (padre), que afirmaba que:
“nada hace ver el futuro tan de color rosa
como contemplarlo a través de una copa de Chambertin”.
En
1728, el Abad Arnoux, aseguraba que:
“el Chambertin contiene las virtudes de todos
los demás vinos”, y el escritor y gastrónomo Jules Lavaux, en
1855 dice:
“El Chambertin es un vino perfecto:
cuerpo, color, bouquet y finura, se dan en grado máximo.”
Louis
Latour entiende como nadie este viñedo, interpretando su elegancia a la
perfección: utilizando madera nueva con un largo secado a la intemperie, solo
envejeciendo el vino en ella durante diez meses, y cuidando cada grano de uva
con obsesivo perfeccionamiento.
La
Cuvée Héritiers de Latour es su vino más preciado. Pureza, clasicismo y
elegancia lo caracterizan. Aromas de violetas marchitas, pétalos de rosa ajada,
mermelada de frambuesas, bombón inglés, dulce de leche y balsámicos aromas de
eucalipto y hojas de menta, conforman una paleta aromática difícil de creer.
Este
vino fue el primer “coup de coeur” en la vida de tres de los asistentes, que
sollozaban como niños.
A
partir de este momento, la cata y la vida, no volvió a ser igual para ellos.
Solo
Grace Kelly, la eterna Princesa de Mónaco puede igualarle en “serenísima”
belleza. 100 puntos para ambos.
Sin
solución de continuidad y sin darle respiro a nuestros excitados corazones,
resonó otro potente aldabonazo en nuestra alma: Clos Vougeot, de la sublime
añada del 90, elaborado por Louis Jadot, otro negociant arrepentido que ha sido
seducido por la sublime grandeza de la Pinot Noir.
Clos
Vougeot toma su nombre del río que discurre por el pueblo, el Vouge. Su origen
se remonta al año 1110. Pocos años más tarde fue delimitado definitivamente, y
sus lindes no se han modificado desde entonces.
El
Papa Alejandro III, decide en 1164 poner a la Abadía de Citeaux y a su viñedo
más preciado, el Clos Vougeot, bajo la protección permanente de San Pedro, pues
decía con cierta asiduidad: “No concibo la vida sin Clos Vougeot”. (Algunos de
nosotros, a partir de hoy tampoco).
La
propiedad de algo más de 50 hectáreas, se reparte entre más de ochenta
viticultores. Es el Grand Cru más grande de la Côte de Nuits. Está flanqueado
al norte por Musigny y al sur por Grands Echezeaux, y en el centro del viñedo,
se yergue el celebérrimo castillo homónimo, fue construido en el siglo XVI por
los monjes de la Abadía de Citeaux. Es la sede de la Cofradía des Chevaliers du
Tastevin desde el año 1945.
Stendhal
en su libro “Mémories d´un touriste”, asegura que el General Bisson, cuando
pasaba delante del viñedo de Clos Vougeot, hacía resonar cornetas y tambores y
obligaba a sus soldados a rendir armas ante tal monumento a la belleza.
En
la maravillosa película, casi una fábula, El Festín de Babette, hay una escena
donde la señora de la casa (totalmente ajena al placer) pregunta con cierta
preocupación y tono amenazante a Babette:
-“¡Eso no será vino!”,
a lo
que la cocinera contesta con cierto gesto de orgullo y resignación:
-“¡oh!, No señora, es Clos Vougeot de
1846”.
En
dicho festín, el Clos Vougeot, acompañaba a unas codornices en sarcófago de
hojaldre con foie-gras de trufa negra y ensalada Pellegrini.
En
nuestro caso, no acompañó nada tangible, solo a nuestra alma.
Dos
catadores más se derrumbaron ante la rotunda evidencia.
Este
mágico Clos Vougeot, repleto de insólitos aromas de fruta negra, se mostró
altivo, potente, descarado y algo soberbio, como corresponde a todo un Rey de
la Borgoña. La modelo londinense de dudosos modales Naomi Campbell es su felina
pareja. Para los dos, un 99 sobre 100.
Desgraciadamente
Faiveley no acudió a nuestra cita. Era una de las apuestas más arriesgadas del
día, y como era de esperar, no salió bien. El Clos de la Maréchale de esta
legendaria bodega, estaba muerto, que no enfermo. Había fallecido de muerte
natural, teniendo tan solo 32 años. Una pena, pues teníamos puestas grandes
expectativas en él, pero ya sabéis……. esto pasa en las mejores familias.
La
gran diva del cine porno italiano Moana Pozzi, bella, inteligente y
sensual... -fallecida también a los 32
años- sería su pareja idónea, de estar ambos vivos, evidentemente.
Las
expectativas y el clímax en la sala habían subido un poco más. Varios de los
catadores estaban “ausentes”, pues su mente y su corazón vagaban por sus
incrédulos sentidos cogidos de la mano, y todavía quedaba lo mejor, pero la
expectación ya no superaba a lo vivido. Si la cata hubiera terminado en ese
momento, -a pesar de la decepción que nos causó el último vino-, se podría
considerar un suceso histórico, pero el día era todavía joven, no adelantemos
acontecimientos…
TERCERA PARTE
MITOS Y LEYENDAS
Quedaban
solamente cinco vinos a cual más prometedor. Comenzamos con ellos sin apenas
descanso. La ansiedad y expectación se podía palpar en el ambiente. A pesar de
que lo propuse -necesitaba ordenar mis
emociones- nadie quería parar ya, ni siquiera a respirar.
El
histórico Domaine François Lamarche, cogió el relevo. Su mítico viñedo en La
Grande Rue era el responsable en ese momento de nuestros anhelos.
La
añada 2001, se mostraba de un color impecablemente rubí, fue vertida en
nuestras copas, con especial mimo por nuestro querido sumiller de lujo, Maxime,
quien a estas alturas de la cata, iba lagrimeando como un “niño”, curiosamente
el apodo cariñoso por el que lo conocemos.
Lamarche
fue fundada en 1797, casi al mismo tiempo que Schubert nacía. El lema de esta
minúscula bodega es “equilibrio y elegancia”, cualidades también aplicables al
compositor vienés.
En
el Domaine Lamarche, siempre vendimian manualmente, en cajas diminutas, de
apenas una docena de kilos de capacidad, desgranan la uva grano a grano, nunca
utilizan vino de prensa y cuidan su viñedo como el jardín de su propia casa.
Crían sus vinos en barricas de roble francés, durante un período que va de los
16 a los 20 meses, y nunca clarifican ni filtran el vino resultante. Su longevidad es legendaria, de ahí
la entereza de este 2001, todavía provisto de modales nerviosos, más propios de
un adolescente.
Aromas
de fresas frescas, cerezas mentoladas, incienso, sándalo, violetas y pétalos de
rosa impregnan cada gota de este exquisito vino, que no podría compartir más
que con una soberbia princesa de ébano puro como Halle María Berry. Máxima
puntuación para los dos.
El
siguiente vino, el Romanée Saint Vivant del Domaine Follin-Arbelet, en mi
opinión, fue una de las estrellas del día, y quizá de toda mi vida.
Esa
añada de 1999, parece estar embrujada. Tiene magia para mí, y digo para mí,
porque nadie más parece captarla en su plenitud o de la especial forma que yo
la veo. Es como una perfecta simbiosis entre la estructura y la elegancia de un
vino, una especie de fiel de la balanza, que se sitúa con precisión suiza entre
lo femenino y lo masculino, poseyendo lo mejor de ambos mundos.
Los
vinos de Follin-Arbelet, siempre están dotados de una rara perfección,
especialmente los de “mi querida añada”.
Frank
Follin-Arbelet, destacado geólogo, se hace cargo en los años 90 de los viñedos
de su abuelo, André Masson, antiguo director de los Hospices de Beaune, además
de célebre viticultor.
Follin-Arbelet,
al igual que su antecesor, es un viticultor riguroso y purista, obsesionado con
la nítida expresión del suelo en sus vinos. Aplica con inexorable tenacidad sus
exhaustivos conocimientos de geología, sometiendo a sus 5,5 hectáreas de viñedo
a rigurosísimas podas, vendimias en verde implacables y rendimientos por cepa
que otros productores simplemente consideran “ridículos”. Nunca utiliza
fertilizantes ni productos químicos, pues podrían alterar el perfil nítidamente
“terrestre” de sus vinos.
Para
Frank, el concepto de “terroir”, es una compleja mezcla de factores culturales,
tradicionales, agronómicos, de tipos de rocas, de diferentes suelos, de
profundidades, orientación, inclinación y relieve, densidades distintas,
climatología, humedad, vientos, vegetación circundante, micro fauna, flora,
lucha de las vides entre sí y con otros vegetales, etc.
¡todo
lo que sucede en su viñedo, es importante para él!
Su
actitud ante el “terroir” y sus vides, es la de un mero intérprete, que no hace
más que traducir a una especie de lenguaje centrado en la belleza lo que su
viñedo quiere expresar en cada añada.
Follin-Arbelet
es un hombre de otra época, totalmente ajeno a las modas. Posee en Romanée
Saint Vivant solamente 0,47 hectáreas, de cepas con más de 40 años, de las que
apenas obtiene 2.000 botellas cada cosecha, destinadas a enamorar a los
apasionados de todo el mundo. La parte suroeste de su viñedo, está tocando el
cielo, es decir al mítico Domaine de la Romanée Conti.
Despalilla
totalmente los racimos, selecciona a mano, con mimo y casi obsesión los granos
maduros más pequeños, realiza una pre-maceración en frío, que preservará los
aromas frutales más sutiles, encuba el mosto-vino durante unos 15 días y lo
somete a suaves bazuqueos manuales. La posterior crianza la realiza en barricas
de roble, nuevas en una proporción del 60 %, y dura unos 18 meses. El vino, lo
embotella personalmente, a mano, botella a botella, sin clarificar ni filtrar,
tras lo cual, ya solo queda esperar a que la magia surja del gollete, como si
de un río de sangre divina se tratase.
La
historia de este mítico viñedo comienza hace más de un milenio, en los albores
del siglo IX. Los monjes de Vergy (Cluny) fundaron el monasterio de Saint
Vivant, con la ayuda de sus compañeros cistercienses de la abadía de Citeaux.
Juntos delimitaron y clasificaron los terrenos circundantes a la abadía, en
función de sus cualidades intrínsecas para elaborar vino.
Para
estos monjes, el cuidado de la viña y la vinificación de su fruto, era una
cuestión sagrada. El vino obtenido tenía como única función aproximarles a Dios
a través de la Eucaristía. Recordemos que el vino en este sacramento,
constituye nada menos que la sangre de Cristo.
Digo
todo esto porque este Romanée Saint Vivant me hizo sentir toda esa
espiritualidad metafísica, todo ese esfuerzo y amor acumulado a través de los
siglos. Nada ni nadie podían estar a su altura. El vino, este vino, ajeno al
mundo, nos superaba a todos los allí reunidos, con una especie de indolencia
entrañable que nos enamoró irremisiblemente.
Sus
aromas me recordaban a un pequeño cesto de cerezas ahumadas, cubiertas con un
velo de seda rojo, depositado sobre un altar bizantino, fragancias sagradas
revolotean por mi incrédula mente, incienso, ámbar, pan de especias, extraños
perfumes orientales, sándalo, almizcle, civeto, algalia, mermelada de
grosellas, humus, trufa negra, pétalos de flores azules, sangre.
Sus
abigarrados y lánguidos aromas parecían querer recrear una extraña y densa
atmósfera, envuelta en un halo de misterio religioso y pagano al mismo tiempo.
El Cristo Pantocrátor de Agia Sofía parecía observarnos desde lo alto.
Lo
único triste de este vino fue tener la temible certeza de que nunca más me
volvería en encontrar con algo así de emocionante. Ello me producía un miedo
cerval en el que no quería pensar.
Mi
extraña puntuación para él fue de 120 puntos sobre 100, (me di cuenta al
repasar mis notas a la semana siguiente) solo una mujer en todo el planeta
puede estar a su gigantesca altura: La Diosa de Bangalore Aishwarya Rai.
Seriamente
tocado emocionalmente, me dispuse a presentar nada menos que a un “La Tache”
del mítico Domaine la Romanée Conti, correspondiente a la añada de 1997.
Cosecha
digamos “normal” en la Borgoña, pero es necesario puntualizar que en este
Domaine, nada es normal, las añadas parecen no afectar lo más mínimo a la
soberbia calidad de los vinos.
La
cosecha del 97 tuvo unas condiciones atmosféricas caóticas. Frío, calor y
lluvia se sucedieron a lo largo de todo el año de forma absurda. Una repentina
oleada de calor en agosto produjo la ansiada maduración, pero también, dio
lugar a tensiones hídricas en los suelos menos profundos. Hubo fuertes lluvias
desde finales de agosto hasta principios de septiembre, después le sucedió un
tiempo seco y soleado, en el que el viento del sur mantuvo el calor
permanentemente. Al final, La Tache produjo uvas sanas, sin atisbo de
descomposición, con madurez excelente, y una alta acidez, atípica en otros
viñedos de la Côte de Nuits.
La
Tâche (en honor al significado de su nombre: “La jornada”) se vendimió por
completo el 20 de septiembre en un bello día soleado. La cosecha dio solamente
15.266 botellas, algo menos de lo habitual.
Al
servir el vino en las copas, parecía turbio, de un color casi idéntico a los
rubí Star de Jaipur, es decir con un tono glauco que vira hacia el violáceo. La
fase visual me decepcionó, pues no la esperaba, y me precipité estúpidamente a
descalificarlo con mis despectivos comentarios, pues a veces no tengo paciencia
con los pequeños defectos, especialmente cuando se dan en vinos tan costosos.
Inicialmente
parecía un vino mudo, cerrado, inexpresivo, pero poco a poco, comenzó a
expresarse, primero con intensidad y más tarde, rotundamente, casi a gritos.
Sus aromas, casi asfixiantes, me recordaban a una floristería repleta de flores
rojas y blancas: espino blanco, flor de azahar, de almendro, de acacia, flor de
granada de saúco, de jara, orquídeas, gladiolos, hortensias, rosas, tulipanes,
peonías, rododendros, violetas y un sinfín de aromas florales entremezclados,
que luchaban por salir todos al tiempo de una copa extraña, confundida y
enmarañada como nunca antes la había sentido.
La
Tache es un vino para sentirlo en lo más profundo de nuestro ser, un vino
difícil de comunicar, de expresar. Es una obra de arte que si se entiende, nos
emociona, y si no, simplemente pasa de largo y nos deja fríos.
En
este caso, como no podía ser de otra manera, nos emocionó a todos; nadie quedó
indiferente ante tanta exuberancia.
Solo
la eterna y desbordada belleza de la napolitana Sofía Loren puede acompañar a
este esplendoroso vino y con ella lo compartiría por siempre. 95 puntos para el
vino, y para la Loren, un inevitable 100.
A
estas alturas de la cata, más de la mitad del aforo estaba maltrecho
emocionalmente, casi sollozando, impregnados profundamente de esa profunda
espiritualidad, típica de los vinos tintos de Borgoña.
Casi
nadie hablaba. Por supuesto, nadie tomaba notas, todos estábamos desbordados
por las emociones, henchidos de placer, los vinos estaban ganando la partida
claramente, y a nadie parecía importarle lo más mínimo.
El
penúltimo vino del día fue un majestuoso Musigny Vieilles Vignes, de una
grandísima añada, 1989, y de un productor que siempre me enamora, el Domaine
Comte Georges de Vogüé, una bodega que me ha arruinado económicamente más de
una vez. Sin ir más lejos, una botella de Musigny de 1949, se cruzó en mi
camino, y me dejó sin vacaciones el año pasado, pero bueno…¿qué precio tiene el
paraíso?
Tuve
una sensación muy parecida a la que sentí con el Romanée Saint Vivant: de
recogimiento, de misticismo, de eternidad, casi religiosa, Buffffff. ¡Qué
maravilla de vino!
La
añada de 1989, fue casi perfecta, con una primavera lluviosa, de floración muy
precoz debido al tiempo frío, lo que causó un fuerte corrimiento beneficioso
para la uva. El verano fue lo suficientemente seco, salvo algunos días de
bochorno en agosto que detuvieron la maduración de la uva. Hubo algunas lluvias
a principios de septiembre, que no afectaron a la calidad del fruto. La
vendimia se hizo los días 22 y 23 de septiembre, con tiempo seco y soleado.
El
vino parece estar ahora en su momento óptimo, con sus casi veinte años de edad.
Es redondo, elegante, intenso, largo y sutil. Tiene todas las virtudes
esperables en un Musigny, pero potenciadas, magnificadas y afinadas hasta un
extremo inconcebible por la mente humana.
Imposible
describirlo. Tal es su pureza y armonía. Es más, por primera vez en mi vida, me
declaro incapaz de hacerlo. Es un vino para sentirlo, para dejarse invadir
paulatinamente por él.
Tratar
de descifrar este vino, sería algo así como intentar describir la belleza de
Ava Gardner, con toda su voluptuosa
sensualidad y refinada elegancia. 100 puntos para los dos. No puedo imaginar
nada más bello que ver y sentir juntos a esta mujer y a este vino.
Como
colofón a este mágico día teníamos “El Gran Vino”, elaborado por el maestro de
casi todos los enólogos y viticultores presentes en la cata, nada menos que
Henri Jayer y uno de sus viñedos favoritos, Les Beaumonts, situado en la comuna
de Vosne-Romanée.
Lo
que temía era la añada, -1982 fue un año terrible en la Borgoña- pero confiaba
ciegamente en Jayer y su enorme maestría seleccionado las mejores uvas y
vinificándolas como nadie.
“Se
nace viticultor, pero se muere aprendiz”, fue una de sus frases favoritas, que
grabó a fuego en la mente de todos sus discípulos.
Nada
más acercar mi nariz al vino me di cuenta de que el maestro, una vez más había
vencido a los elementos, a la propia naturaleza que él tanto amaba. La copa
rezumaba regia belleza, sobria elegancia, majestuosa presencia, en definitiva:
“Magia”.
Era
un vino ya hecho, cuajado, redondo, perfecto, poseía un solemne bouquet que le
hacía único entre todos.
Sin
dudarlo un segundo, me precipité a poner en mi ficha de cata un número: 100 y
un nombre de mujer: Adriana Lima, esa morena brasileña de ojos verdes y mirada
felina que ha hecho enloquecer a muchos hombres.
Todo
en ellos es armónico y roza la perfección. 26 años contemplaban a este vino y
unos meses más a esta sorprendente mujer, los dos han necesitado de todo ese
tiempo para llegar a su culmen, ambos están poseídos por una extraña perfección
y una singular elegancia.
La
cata había terminado, estaba exhausto y rendido, las sensaciones se agolpaban
en mi mente, que parecía no querer regir más sobre un cuerpo desbordado por sus
propias emociones.
A la
sensación de calma y vacío creada por el asombroso final, le sucedía una de
plenitud, de armonía, de serenidad, de sosiego y de paz.
La
vida, entre emociones apenas contenidas, rostros de entusiasmo y caras
complacidas, a partir de ese precioso instante, transcurría como un suave
arroyo de aguas tranquilas.
¡Gracias
Pinot Noir!, hasta siempre Serena Belleza.
En
Valencia, otoño de 2008
Juan
Ferrer Espinosa ©